El psicólogo clínico, Gonzalo Brito, deja maravillado al público vitoriano con una charla sobre la Compasión y el Mindfulness

britoEl Psicólogo Clínico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y primer persona certificada para impartir el programa de Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión, ofreció ayer una interesante charla con motivo de la celebración el 8 de octubre del Día Mundial de los Cuidados Paliativos. La sala José Miguel de Brandiarán del Palacio de Congresos Europa de Vitoria-Gasteiz, se quedó pequeña para acoger a las más de 150 personas que asistieron a la charla “La Compasión y el Mindfulness. Herramientas para el cambio social”, organizada por Arinduz, (Sociedad de Cuidados Paliativos de Euskadi) en colaboración con la iniciativa sin ánimo de lucro Vivir con Voz Propia. Durante cerca de una hora y media, Brito desgranó qué es, pero también qué no es la compasión, así como la posibilidad de trabajar pasar ser personas compasivas, sensibles al sufrimiento del otro.

La compasión, nos enseñó ayer Brito viene marcada por el chequeo de la realidad y la voluntad de cambiarla. Tienen que darse cuatro componentes, explicó Brito: la conciencia del sufrimiento, una preocupación empática (algo “resuena” en nuestro interior), tiene que haber una intención de que ese sufrimiento del otro encuentre alivio y por último tiene que haber una motivación; “qué voy a hacer yo para ayudar a aliviar ese sufrimiento”. Esa motivación, que define según Brito el curso de la acción, puede ser inmediata o a largo plazo. Y la compasión aclaró Gonzalo Brito, no es una emoción, sino un proceso que se desencadena por el sufrimiento del otro. La compasión tampoco es lástima, dijo, porque al sentir lástima vemos al otro como un ser inferior, desde una mirada irrespetuosa y en la compasión la relación es horizontal, el otro, puedo ser yo. La compasión explicó Brito, no es “ser blandido”, la verdadera compasión busca el alivio del dolor del otro.

La compasión viene además preinstalada en nuestro cuerpo. Está demostrado que si somos compasivos, nuestro ritmo cardíaco disminuye, se elevan los niveles de oxitocina en la sangre, lo que provoca que nos sintamos bien cuando somos compasivos. Se enciende “un brillo calentito, tibio de la generosidad” en nosotros, explicó. Además hay rasgos biológicos tras la compasión. Ésta se comunica a través de los sonidos no verbales, a la través de la expresión facial y del tacto.

Y lo mejor de todo, Brito nos descubrió que la compasión se entrena. Siguiendo un entrenamiento en compasión y Mindfulness o atención plena, los síntomas de ansiedad disminuyen, aumenta la empatía, mejora incluso de clima en el ámbito de trabajo, etc. Y esto es sumamente importante, porque los estudios realizados con enfermos terminales revelan que los pacientes en situación de vulnerabilidad, quieren a su lado, profesionales competentes en la materia, pero también compasivos, sensibles al sufrimiento, que no les tengan lástima y que no se derrumben ante estas situaciones. Así que por suerte, para todos, aunque es algo innato al ser humano, “no existiríamos sino fuera por la compasión”, indicaba Brito, se puede aprender a ser compasivo.